Durante al menos ocho años he escrito sobre esquí de montaña. Sobre federaciones y sobre estaciones que miraban al skimo con curiosidad, con cautela o directamente con desconfianza.
Durante todo ese tiempo, que este deporte fuera olímpico era el horizonte. Una promesa. La realidad parecía lejana. Pero hoy, 19 de febrero, se ha hecho realidad. Y por todo lo alto. Con una medalla de oro.
La victoria de Oriol Cardona en los Juegos Olímpicos y el bronce de Ana Alonso no son solo un resultado deportivo. Son un punto de inflexión. La confirmación de que el esquí de montaña, un deporte antiguo, duro, técnico y profundamente ligado al territorio, ha encontrado por fin su lugar en el gran escaparate del deporte mundial y estatal.
El salto al gran escaparate
Como ocurrió con Alberto Ginés y la escalada en Tokio 2020, esto marcará un antes y un después. Además, el skimo es vistoso. Es emocionante. Es explosivo. Es base. Es deporte en estado puro. Combina resistencia, técnica, lectura del terreno, gestión del esfuerzo y una relación muy directa con la montaña.
Quien lo ha visto de cerca lo sabe. No es una excentricidad de invierno ni mucho menos una disciplina menor. Es un formato competitivo con identidad propia y con un potencial enorme para conectar con nuevas audiencias, especialmente en un contexto en el que los deportes de naturaleza y de resistencia tienen cada vez más peso.
Con esta medalla, el skimo pasa a estar en el centro del mapa. Como la escalada. Llegarán más recursos, más atención y más estructura. Cambiará la percepción pública y, con ella, también las prioridades de federaciones, instituciones y patrocinadores.
Un antes y un después para el sector
El reconocimiento olímpico no es solo una medalla en un palmarés. Es un antes y un después para las estaciones de esquí, para las políticas deportivas, para organismos como el CSD o para entidades del sector, como por ejemplo ATUDEM.
Es la oportunidad de modernizar instalaciones, repensar espacios e integrar de verdad el esquí de montaña en la oferta deportiva y turística de invierno. No como un complemento marginal, sino como una disciplina con peso propio.
También es, conviene decirlo, un reconocimiento al trabajo silencioso de muchos años. A estructuras que han sostenido este deporte con presupuestos limitados y mucha convicción. La FEDME o la FEEC son un buen ejemplo.
Con recursos muy lejos de los grandes deportes mediáticos, han conseguido construir un sistema competitivo sólido, formar atletas de primer nivel y mantener al skimo en la élite internacional. Lo de estos días no es un milagro improvisado. Es el resultado de una travesía larga, muchas veces cuesta arriba.
Por eso esta medalla no es solo de un deportista, por muy grande que sea el nombre de Oriol Cardona. Es de todo un ecosistema que ha empujado cuando no era fácil, que ha creído cuando el foco mediático estaba en otra parte y que ha defendido un deporte que, durante mucho tiempo, parecía condenado a vivir en los márgenes del gran circuito deportivo.
Hay algo especialmente simbólico en que un deporte tan antiguo haya necesitado llegar a 2026 para recibir este nivel de reconocimiento. Pero así funcionan a veces los cambios de ciclo. Primero llega la práctica, luego la cultura y finalmente la validación institucional.
Y ojo, que esto no ha terminado. Aún quedan los relevos mixtos. Y, más allá del resultado concreto, queda la sensación de que estamos solo al principio de una nueva etapa. El skimo ya no es “el deporte que quiere ser olímpico”. Es un deporte olímpico.
En lo personal, después de tantos años escribiendo sobre esta disciplina en distintos medios, hay una satisfacción evidente al ver que aquella intuición se ha convertido en realidad. Por fin ocupa el lugar que llevaba tiempo reclamando.
El esquí de montaña ha ganado un oro. Pero, sobre todo, ha ganado algo más difícil de conseguir: reconocimiento.Y eso, para un deporte que durante años ha vivido a la intemperie, vale casi tanto como una medalla.
